Andrea Echeverri Jaramillo

El pasado 15 de abril falleció Andrea Echeverri, miembro fundador del Círculo Bogotano de Críticos de Cine y uno de los motores más importantes de nuestra asociación. Nuestra colega Myriam Bautista hace un homenaje a quien fuera una apasionada crítica de cine y cómplice de varios de nuestros proyectos, como la revista Cero en Conducta.

ADIÓS NO, HASTA SIEMPRE

Por: Myriam Bautista G.

Andreíta siempre fue Andreíta, nunca Andrea.

La conocí al finalizar la década de los ochenta del siglo pasado. No cumplía aún los veinte años y llevaba, de manera esporádica, a la redacción de la antigua revista Semana, colaboraciones para el área de cultura que, creo, siempre se publicaron, la más de las veces, sin su firma, como era la política editorial de ese medio.

Desde esa época ella me nombraba “compañerita” y yo le decía Andreíta, y no por su juventud ni por su simpatía, ni por su sonrisa a flor de labio, sino por el cariño mutuo que nació entre dos mujeres de generaciones distantes que nunca tuvieron conversaciones íntimas, pero que siempre festejaron sus encuentros.

En una época su nombre se me perdió y la bauticé como Adriana. «No me llamo así», me repetía con leve sonrisa. Hasta que se cansó. Como a la cuarta vez me espetó: “ese no es mi nombre”. Se volteó y me dejó mirando para el techo.

Que era muy fuerte, me dicen. No me correspondió verla así sino en esa oportunidad, porque, repito, nuestra amistad añeja en el tiempo no lo fue en experiencias vividas. Lástima.

El cine es mi motor, y la literatura, mi norte.

CINE Y MÁS CINE

Nos volvimos a reencontrar de manera más permanente en el siglo XXI, en cine. En los festivales de cine francés, europeo, en el IndieBo, en el Biff. Ella me mostraba con orgullo las boletas que compraba y yo las mías. Hacíamos comparaciones. Ganaba ella. Claro, le pedía sus cinco imperdibles y con paciencia me las señalaba y me hacía comentarios precisos, porque parecía que ella las conocía todas y de seguro también las había visto. Sobre las nuevas, las recién estrenadas, de las que se había informado, me compartía sus expectativas dándome detalles de la dirección, el elenco, el tema, la banda sonora, los premios recibidos, los festivales en los que había participado y un largo etcétera.

Algunas veces, a la salida de la función, la increpaba porque no coincidía con su recomendada, lo que le hacía más gracia que disgusto. En general pasaba que le tenía que agradecer que no me hubiera dejado perder la mejor de las mejores y, orgullosa, me agregaba una perla a la cuenta que ya le había abierto a la cinta.

Y en esas estábamos cuando hace unos cuatro años me habló del Círculo de Críticos de Cine de Bogotá (CBCine), y me convenció de vincularme. En el Círculo proponía mi nombre para algunas comisiones y yo, un poco a regañadientes, aceptaba su postulación, porque pensaba que si a ella le parecía interesante que estuviera ahí era porque había que estar. A ojo cerrado confiaba en su criterio.

Coincidimos en los últimos FICCI y en la sesión de inauguración; casi siempre nos guardábamos puesto para hacer pronósticos sobre la película que veríamos y sobre el festín que se avecinaba. Unas tres veces la ayudé a tomarse la foto con el invitado o invitada internacional, aunque ella no necesitaba ayuda. Así crecía su egoteca con actores y actrices, o directores, lo que la dejaba feliz y complacida. Comentaba con satisfacción: “se pagó la venida con esta fotografía”.

Estuve en algunas oportunidades en Gatos y Blues. Ahí carraspeó en señal de disgusto por mi aversión hacia sus animales amados. Su amor incondicional por los felinos, su generosidad y solidaridad por estos animales sin dueño la convirtieron en protectora conocida, sin horario.

Podría asegurar que el negocio del café era accesorio. Le interesaba abrigar al gato que lo necesitara y brindarle un servicio a sus múltiples relacionados para que tuvieran un sitio donde dejar a su mascota mientras viajaban o no se podían ocupar de ellas. La ternura que se le salía por los costados la entregaba sin medida a esos animales cada vez que podía.

El año pasado hablamos por teléfono. Me contó el cierre del “negocio”, el dinero y esfuerzos perdidos, su traslado de vivienda al centro de la ciudad y su disposición para hacer trabajos de edición, de corrección de textos y de redacción en general. Volvía al mercado laboral del que se había alejado por unos años.

En esa charla me refirió su pavor ante el virus y que no salía de su territorio porque temía contagiarse. Se alegró de que tenía en el interior del conjunto una zona verde por la que caminaba para despejarse del encierro.

En enero de este año la contacté para corregir un texto que creía que había finalizado. Acordamos honorarios y quedé de enviarle el trabajo. Me contó feliz que tenía unas clases en la Jorge Tadeo Lozano sobre escritura femenina, y que andaba de cabeza revisando textos de sus escritoras y poetas preferidas. De paso, consultaba nuevos nombres, no solo de Colombia sino de América Latina, lo que era tarea ardua, porque el mundo de las escritoras se hace, por fortuna, cada vez más ancho y menos ajeno.

Su obsesión por la perfección le robaba mucho tiempo. Horas que ella disfrutaba, así como las clases, porque sentía que su mensaje era muy bien recibido y que conectaba sin tropiezos con sus estudiantes. Profe y maestra siempre la llamaban jóvenes mujeres y hombres con querencia auténtica.

Esa primera revisión de mi texto la hizo en las pocas horas que le quedaban de la preparación de sus clases. Fue parca en sus comentarios sobre el tema y el estilo, como solía ser con las películas que no la tocaban. Lo que me hizo replantear el texto. Cuando se lo conté tampoco fue demasiado expresiva. “Quedo pendiente”, fue su razón en el correo electrónico del siete de abril.

Nuestra relación, que parecía estrecharse, quedó interrumpida de manera abrupta en tiempos extraños colmados de tristezas. 

Tal vez el consuelo sea que los dioses se llevan rápido de la tierra a sus seres preferidos, a los más amados, para que no tengan que pasar por el insulto de vivir la vejez. Y ese sería el epílogo de una vida rauda en la que Andreíta vivió haciendo lo que más le gustaba. Hizo felices a muchas personas, no solo a las más próximas, sino a decenas con las que se cruzaba y quedaban en su llavero.

Un llavero poblado de rostros, de momentos, de películas, de encuentros, de charlas públicas y privadas, de libros y de poesía. De amores que hacía públicos, como el que expresaba cada vez que podía hacia Tomás, su hijo amado, al maridito, a sus padres, a la tía Carmen y a una parentela amplia que la recuerda por la huella que dejó en sus vidas.

Pero, también, a sus decenas de seguidores que no se perdían la lectura de su blog de cine, que es audaz, creativo, inteligente, singular. Un blog con comercial incluido: “El cine es mi motor y la literatura, mi norte”. Y sí, esos fueron los motivos de su existencia.

Era dueña de una videoteca con más de dos mil películas originales que había visto varias veces. Hace unos años se volcó sobre el cine hecho por mujeres y se dio cuenta de que tenía tan solo medio centenar de cintas dirigidas por féminas. Entonces se impuso la “obligación”, en fecha que no recuerdo, de ver cada semana de ese año una obra hecha por una mujer, muchas de las cuales fueron un verdadero descubrimiento, lo que hizo con la disciplina que la acompañaba como sus apellidos: Echeverri Jaramillo. Consiguió 52 películas del mundo dirigidas por mujeres y a cada una le dedicó una reseña con su sello personalísimo de conocimiento y de experiencia.

A partir de esa experiencia conformó un tándem sobre el que volcó, en los últimos años, toda su energía: feminismo y cine. La mirada de las mujeres directoras, el enfoque, los temas, las herramientas, la ambientación, el elenco… se volvieron su centro de atención, que compartía en charlas, en escritos, en esas críticas que escribía con la solvencia del disfrute. Dejaba claro, eso sí, que ella no era feminista de militancia, pero que le parecía que las mujeres, la mitad de la población, poseía una sensibilidad distinta a la de los hombres, sensibilidad invisibilizada por años y que era hora de destacarla en sus aciertos y en sus defectos.

Nos hará mucha falta Andreíta cuando volvamos a ser felices y podamos sentarnos en la butaca de una de las salas del Avenida Chile o en la Cinemateca o en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena. Su sonrisa cálida, su alegría y su saludo afectuoso para amigos o simples conocidos, como yo, se extrañarán; pero tendremos o tengo la certeza de que en su viaje andará tan encarretada como en los tantos que organizó con sus próximos o en solitario, viajes que fueron otra de sus pasiones, por si le hiciera falta una más.

Su energía, conocimiento, experiencia y entusiasmo se echarán de menos todos los días en el Círculo, del que fue una de sus fundadoras y, sobre todo, una de sus socias más activas, porque promovía y participaba en nuevos proyectos, y creativa, como era, ideaba relatos y contribuciones en distintos escenarios para que la labor del grupo se visibilizara y se fortaleciera, pero, más que nada, para aumentar y cualificar la producción del cine colombiano.

Su recuerdo festivo, que surge cada vez que se la nombra será el mejor homenaje a su vida y al cine, su gran pasión y alimento. La literatura, la escritura, la lectura son asignaturas pendientes de las que supe poco, pero que para ella fueron tan sustantivas como el cine.

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