TRANSE EN EL CORAZÓN: LA CORDILLERA – BIFF 3

Arrancó el Bogotá International Film Festival con la proyección de la más reciente película de Santiago Mitre (quien escribió el guion con Mariano Llinás), que en mayo participó en la competencia Una cierta mirada del Festival de Cannes. La película, que se inmiscuye en un posible presente político, sigue ahondando en el tema que le apasiona a su director. Un film que funciona como un gran reloj suizo y se vale de estrategias narrativas para seguir el camino de sus personajes hasta el pacto faústico.  

 

En el 2011, Santiago Mitre estrenaba El estudiante, una pequeña película, hecha con muy poco dinero, que se encargó de filmar un descenso a los círculos del infierno (al contrario de su nueva película, que para llegar al infierno hay que subir). Con ella, Mitre establecía su gran interés: el poder y sus relaciones. En El estudiante vemos, a pequeña escala, un funcionamiento de las pesquisas de la vida política y los pormenores que ocurren cuando de querer acaparar el poder se trata. Rigurosa, vertiginosa, caótica, punzante.

Ahora, seis años después, vuelve con otra película, la más robusta y ambiciosa hasta la fecha, con un despliegue enorme de producción y un abanico de actores de primer nivel, factores que Mitre sabe manejar muy bien y dejan a su película bien parada, también llena de vértigo y delicadas secuencias. El film le permite preguntarse más cabalmente cómo explorar el poder, cómo seguirle las huellas al germen de esos deseos de control y acaparamiento. Es sin duda su película mejor lograda.

 

 

La cordillera se propone desvelar los rostros del mal. Estamos ante una cebolla, nos enfrentamos a muchas capas y todas con un grosor único. Un film político que no se deja limitar, que insiste en descubrir las otras cosas que están suscritas a esa cara del poder, a la del mal, que encarna el presidente Blanco (Ricardo Darín, ¡que interpreta a un presidente que se apellida Blanco!): los juegos del empuje entre los demás presidentes y figuras políticas (que resultan como ya nos las esperábamos: siniestras), el pasado (¿oscuro?) de nuestro protagonista, sus relaciones afectivas, su hija, su yerno, sus modales.

En las montañas de Chile se lleva a cabo una cumbre de presidentes donde se decidirá el futuro energético del continente, el lugar perfecto para que afloren todas las tensiones políticas. Cuando el anuncio de que hay varios países “importantes” reuniéndose corre el mundo tiembla el Imperio, la amenaza crece. El mal, entonces, empieza a mostrar su rostro. Al mismo tiempo, por una posible amenaza con información delicada al gobierno de Argentina, el presidente decide traer a su hija a la cumbre. Una hija volátil, así como la relación que tiene con su padre.

La vida del poder público resulta fascinante, exactamente por qué no lo sé. La misma película nos puede proponer una respuesta: la periodista que está cubriendo los encuentros dice que se ha preguntado durante 15 años cómo cambian nuestros destinos los gobernantes de turno y se responde afirmando que es porque ellos manejan un concepto del bien y del mal distinto a los demás. Pero más interesante aún es ver esos hijos del poder, personas que crecieron en esa esfera, que no lo poseen pero que habitan en él, que es parte de sus vidas. Quizás ahí estemos persiguiendo destinos fracturados, almas frágiles, cuerpos corroídos.

Los momentos en el relato empiezan a convertirse en vesánicos y, mientras se confirma lo que sabemos, la película nos regala sus mejores escenas: Blanco con su hija, recorriendo momentos, desempolvando la memoria. Estamos frente a las marcas del poder y, como es evidente, sus cicatrices. El poder del discurso en la película y la habilidad de Mitre para construir estados a través de precisos fundidos dejan ver su cabal habilidad como director (aunque su cámara a veces persiga la pomposidad del movimiento vacío) y el interés principal de la película: dónde descansa el mal después de que cambia el rumbo de unos cuantos millones de hombres.

Dos momentos nos permiten hacer una lectura de una de las capas más interesantes de la película: La periodista española que está visitando la cumbre entrevista al presidente de Brasil, que lo tilda de emperador –como lo hacen los medios de Brasil– y le cuestiona sobre sus radicales posiciones en su manejo del gobierno, le pide comente sobre las críticas a su gestión. El presidente, molesto, le dice que él no puede pensar su gobierno con metáforas, que solo le interesa darle la oportunidad a Brasil de ser un mejor país. En fin, se toma toda una conversación para desestimar la importancia de las metáforas.

Poco después, la misma periodista está entrevistando al presidente de Argentina, que le accede a contarle un sueño de cuando era niño: un lobo con aspecto de diablo viene a perseguirlo en las noches oscuras para partirlo en dos. Dice el presidente que cuando le contó el sueño a su padre este le respondió que ese era el diablo y que a nadie más podía contarle ese sueño. El miedo, ahí, se apoderaba del presidente de Argentina niño y evitaba dormir para no verlo. La periodista le pregunta si el lobo ha vuelto. Darín, tajante, contesta que a veces.

¿Cuál es entonces el verdadero poder de la metáfora en la construcción de la vida? ¿Y por qué está película, que aparentemente no tiene nada que ver con esto, se está tomando el tiempo para reflexionar sobre eso? No quiero entrar en las pantanosas y siempre eternas aguas de la interpretación, pero el discurso del mal, como lo demuestra la película, está cimentado en metáforas y quizá por eso su poder para penetrar el actuar de los hombres.  El mal, que en otro pasaje el personaje de Darín afirma que existe y que para ser presidente hay que haberlo visto, se construye a través de metáforas (unas quizás menos delicadas y ya obvias), tal como en la vida. Pero atención que “el bien” también se construye de la misma forma. ¿Entonces hacia dónde va la película con esto?  Esa metáfora, que según el “presidente de Brasil” es innecesaria es aquella, y quizás la única, que nos hará siempre libres, la que tiene la capacidad de no encontrarnos frente al espejo con la cara del mal. Lo que el film propone es que es un arma de doble filo. Y entonces atención con el actuar de los personajes que rodean al presidente, a ese supuesto “hombre común”. Tal vez las metáforas son  nuestro poder para ver la vida con una óptica distinta, donde pueden florecer los nuevos caminos que necesitamos recorrer. El bien y el mal nacen entonces desde el mismo aparato funcional del lenguaje y la teología. Una ambigüedad latente en el film.

No creo que la película pierda vitalidad al poner, en el mismo campo, el funcionamiento de la perversión del poder con un cuasi análisis ideológico del mal, porque ahí, por falso que pueda parecer, el político, el hombre de poder, se está tal vez cuestionando por su propio obrar. Qué tanto le interesa esa reflexión al poderoso es otra cosa.

La cordillera deslumbra por su reiteración en defender la ambigüedad: las certezas, que la película se propone a perseguir, las desecha con el mismo ánimo que nacían en la búsqueda. Mitre logra una compleja radiografía de las relaciones del poder, que no dejan a nadie ileso, que se extienden sin control. En el funcionamiento de ese estruendoso reloj del meollo político, que ya intuimos que no funciona bajo las normativas que esperamos, la película se fascina por las consecuencias de esas acciones entre los mismos poderosos o sus más cercanos.

 

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