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TODOS SEREMOS FELICES. Sobre las películas de Alejandro Fernández

Este director chileno, crítico de cine, fotógrafo y periodista visitará Colombia en el marco del próximo Bogotá International Film Festival, donde se podrán ver todas sus películas. Una oportunidad imperdible. Acá repasamos brevemente su filmografía e instamos a que no se pierdan la ocasión de ver su cine y compartir después de las proyecciones con él. 

 

Alejandro Fernández Almendras ha hecho, hasta la fecha, cuatro largometrajes que le han cosechado un indudable éxito, coleccionando distintos galardones en diferentes festivales. Sus películas han pasado por Cannes, Sundance, Rotterdam, San Sebastián. En Colombia, la mitad de su filmografía se ha exhibido en el marco de la competencia de ficción del Festival de cine de Cartagena. Pronto, el BIFF (Bogotá International Film Festival) le rendirá una retrospectiva íntegra, es una excelente oportunidad para repasar la obra de este joven, inconcuso y fascinante director.

Con  solo esas 4 películas, Fernández ha logrado establecer un fuerte vínculo en toda su obra y ha demostrado una inventiva particular para escudriñar siempre nuevas visiones del mismo tema que lo apasiona: el Chile que le ha tocado vivir. Es significativo que sus películas, todas, ahonden en las nociones de una cierta “chilenidad” y de un obrar propio a la atmósfera de un país que, como los países de nuestro continente, tiene una abundante diversidad de clases, posibilidades, paisajes y demás. Su cine tiene intereses políticos pero no son su motivo fundacional, las películas que nos reúnen acá abogan por el estudio concreto de personas, ante nosotros vemos lo que un personaje hace para hacer valer su puesto en el Chile que propone el director.  Por supuesto hay una evolución que puede rastrearse viendo sus films, Fernández es cada vez más maduro y su mirada es también más aguda, el dedo parece llegar más fácil a la llaga.

En el 2009 irrumpe en el panorama cinematográfico latinoamericano con su ópera prima Huacho, un retrato contenido y cuidadoso de una familia del Chile rural. Cercana al cine observacional, el film sigue un único día de la vida de cada uno de los miembros que habitan la casa a la que llegamos al iniciar la película. Emergen entre las situaciones problemas  rutinarios que tienen en común su nacimiento a causa de la falta de dinero. En la observación noble y estricta nacen también los pasajes para desarrollar las personalidades de las diferentes generaciones y para acercar, entre lo precario, los lazos de ternura que unen a esta familia.  El hecho formal es un asunto crucial: la película elude cortar los fragmentos entre el día (para ver al mismo tiempo a los cuatro personajes) y se decide narrar, casi que en su totalidad, el día de cada miembro de la familia y, en pequeños momentos, esos relatos individuales se mezclan. La narración privilegia el semblante de los personajes y no las situaciones que atraviesan.

 

Huacho

Luego aparecería Sentados frente al fuego (2011), donde nuevamente hay una preocupación por el campo. En esta película aparece una narrativa mucho más clara y determinante que implica que estemos siempre atentos a los devenires infortunados de una pareja que daría lo que fuera por dar de una vez por todas con la cara de la suerte.

Su siguiente film, Matar a un hombre (2014), lo catapultó a un éxito rotundo: estreno en Sundance (donde recibió premio) y Rotterdam (también con premio incluido). Esta película mostraba unas capacidades de Fernández mucho más quirúrgicas para dejar ver los malestares de una sociedad atravesar (o destruir) a un hombre. Un estudio preciso de la psicología de un pequeño guardabosques que ve el desbarrancadero con sus propios ojos y es forzado a habitar allí, un hombre que lo pierde todo y se quedan sin posibilidades de recuperarlo. Con un uso afortunado de los registros del género de suspenso, en la película se construye una atmósfera siempre tensionante y siempre rica en grises que hace estar constantemente al borde del asiento. La tragedia se encuentra con la negligencia y la falta de tolerancia para crear un monstruo que no tiene extinción agendada. Una mirada a un posible estropicio del alma y la mente que se hace sentir en las exploraciones que sus encuadres hacen del espacio, siempre enfrentados a la posición de los personajes.

 

Matar a un hombre

Su más reciente film, Aquí no ha pasado nada (2016), se ocupa de un caso real y muy publicitado en Chile. Es en concreto su primera película 100% citadina, el campo queda relegado y lo que aquí interesa son esas leyes no dichas que interpelan para la clase alta chilena. Se ocupa de la muerte de un transeúnte que fue atropellado por el hijo de un congresista chileno y fue absuelto por la justicia, dejando las acusaciones sobre el asesinato y fuga del lugar del accidente en el aire. La película construye su relato desde pocas horas antes del atropello y se decide por hacer de la juventud su protagonista, sin embargo parece que el director chileno desconfía de esa juventud, fresca, fotogénica, moldeable, y siempre la presenciamos con un halo que nos hace levantar sospechas, basta con la secuencia inicial, donde ese caminar de Vicente (Agustín Silva), el protagonista, bajo esa música y ese afán del corte fraguan las primeras pistas para estar alertas, incluso ante el acto más banal que salga de estos adolescentes . Por supuesto la película no salva a ninguno. Todos, por omisión o por obra, terminan manchados.  Nunca pierde el cariz de crítica o de relato urgente y, aunque todos los personajes son tratados con igual vehemencia, el hecho narrado es tan desolador y atroz que es imposible no percibir cierto afán que nos insta a señalar culpables (o a señalar a los “más culpables”). Fernández, se siente en la película, quiere gritar y abrirle a todos sus espectadores los oídos para que lo escuchen sin perderse ninguna nota.

 

Todo su cine orbita alrededor de las nociones del desconcierto, el dinero y las dificultades de mezclarse con éxito con la gente. Historias de personajes que ponen en evidencia preocupaciones políticas, un cine que es testigo de una lucha de fuerzas, donde hay una constante batalla entre sus personajes y sus alrededores. Es una relación que siempre amenaza con la extinción de una de las partes, una incompatibilidad que no cesa a pesar de todos los esfuerzos.  La frase que titula este texto, extraída de una de sus películas, es el camino de doble filo que recorren las imágenes de Fernández, una yuxtaposición de las dos caras de ese caminar hacia una supuesta felicidad. Y su cine, por supuesto, nos deja claro que ni el camino es tan recto o visible ni el objetivo es tan claro o permanente. Parece que todo no es más que una peligrosa trampa.

 

Alejandro Fernández

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