SMILING DANIELA. Una conversación con Daniela Abad Lombana

“EL CINE SIEMPRE ES POLÍTICO”

Daniela Abad Lombana. Bogotá. Enero 11 de 2019
Daniela Abad Lombana. Bogotá. Enero 11 de 2019

Esta semana Daniela Abad Lombana presenta en las principales salas de cine del país su nueva película “The Smiling Lombana”. En esta oportunidad, la joven directora cuenta la historia del otro lado de su familia, la historia de su abuelo materno Tito Lombana, tres años después de su debut con Carta a una sombra donde se preguntó por parte de la vida y muerte de su abuelo paterno Héctor Abad Gómez a través de las voces de su abuela, tías y padre. Con esta nueva película hay al menos dos confirmaciones: Abad es una talentosa cineasta colombiana y el encuentro con lo íntimo es siempre un encuentro político. La semana pasada Daniela nos permitió tener una conversación con ella para conocer un poco más sobre su trabajo, sobre la historia de Colombia, sobre el cine y, claro, sobre su nueva película.

Diego Silva Ardila: ¿Cuáles son las razones por las que usted recomienda que el público vaya a una sala de cine a ver su nueva película “The Smiling Lombana”?

Daniela Abad Lombana: Creo que es una historia ciertamente extraordinaria; creo que la historia de Tito Lombana es increíble que haya pasado en la realidad. Creo que él es un personaje absolutamente seductor con la capacidad de cautivar al espectador a lo largo de la película. Además tiene reflexiones que son importante para Colombia y que puede ser liberadora para muchas personas.

DSA: ¿Por qué hacer pública la vida familiar?

DAL: Yo también me lo pregunto ahora (risas). Lo que pasa mucho con las películas es que cuando uno presenta su trabajo finalizado, después de tanto tiempo, ya no es la persona que hizo la película. En el momento en que hice la película me parecía importante hacerla pública porque pensé que podía ser la manera para impulsar a otra gente a hablar también de lo que muchos consideran que no se debe hablar. Creo que The Smiling Lombana es una historia común a muchas familias colombianas, entonces me parecía un buen ejercicio para traer ese tema al centro de la conversación y que en cualquier familia eso puede suceder; y que es mejor conversarlo que ocultarlo. 

Más que hablar de los secretos, pues considero que cada persona tiene una vida íntima que es importante conservar, lo que quiero es hablar de los tabúes, de las cosas que nos han dicho que no se deben decir. Me parecía que eso podía ser muy importante para la sociedad, para Colombia y para mi familia. Yo pensaba, tenía la esperanza, que mi familia al final me lo agradecería, pero no (risas). A mi tía, que siempre me apoyó, sí le gustó, pero a mi mamá y a mi abuela no les gustó.

DSA: ¿Y ya la gente ha empezado a conversar sobre los tabúes?

DAL: Pues eso es lo que espero. En Cartagena, que ha sido uno de los lugares grandes donde lo presentamos el año pasado, sentí que la gente conversaba después de la película. Lo que a mí más me gusta de las películas es que me emocionen pero también que me generen algún tipo de reflexión. En Cartagena yo sentí que la gente salía de las salas de cine y se preguntaba cosas. Esa es mi esperanza.

DSA: ¿Necesitamos hacernos más públicos como personas?

DAL: Nuevamente, no se trata de hacerse públicos, de perder la intimidad. Pero sí creo que Colombia es un país un poco apabullado, un poco asustado. Creo que tenemos que recuperar la valentía de decir la verdad, o quizás la verdad no, porque no creo que exista, sino decir lo que pensamos en el fondo.

De hecho creo que por eso a mi abuela le molestó la película en algunos puntos, porque las verdades que se contaban no eran “su verdad”. Entonces no coincidía con la idea que ella tenía. Pero cuando uno está contando su historia, está contando su verdad. Y en el documental pasa muchísimo que la gente dice: “no, eso no pasó así”, pues es que para usted pasó así pero para el otro pasó distinto o quizás usted recuerda una parte y el otro se le olvido otra y los dos reconstruyen una versión de la historia.

Me parece muy importante hacer un ejercicio de concentración, que debemos hacer como sociedad, sobre qué es lo que uno piensa. Constantemente recibimos información de que este piensa eso, este piensa esto, este piensa lo otro, y socialmente hay una presión. En la película me interesa mucho mostrar cómo las transformaciones macro nos transforman como individuos casi sin darnos cuenta. Me pregunto cómo conservar esa fidelidad a uno mismo.

DSA: ¿Por qué las historias de los abuelos y no de las abuelas?

DAL: Creo que estas historias sobre mis abuelos es mucho sobre mis abuelas. Finalmente son historias de dos hombres narradas por mujeres. La historia de Tito Lombana es la historia de mi abuela, es su historia, es la historia más importante de su vida. Está contada desde su punto de vista, ella narra todo. La historia de mi abuelo Héctor, que conté en Carta a una sombra, es la historia de mis tías, de mi abuela, de mi papá.

DSA: Ya que menciona “Carta a una sombra” (2015) ¿Qué tiene “The Smiling Lombana” diferente a su trabajo anterior?

DAL: Son dos historias muy distintas, sin embargo, creo que son dos historias que pueden complementarse. Son dos puntos de vista de cierto momento de la historia de Colombia. En común tienen que son la historia de dos hombres que ya no existen, que ya no pueden hablar de sí mismos; también son películas que usan recursos similares: el archivo, la voz en off, las entrevistas.

Pero “The Smiling Lombana” es menos apegada al documento y más cercana a la interpretación de la historia y la reflexión que de ella se deriva. Tito Lombana es un hombre mucho más contradictorio que Héctor Abad Gómez, es un hombre fascinante pero al mismo tiempo nos cuestiona como espectadores todo el tiempo. Terminamos encantados por él pero no sabemos bien qué sentir, quizás afecto, tristeza, rabia. No sé si el público sienta lo mismo, pero esa era la intención. 

DSA: ¿Por qué recurrir a los hermanos de Tito Lombana si en el caso de la historia de Héctor Abad Gómez se prefirió trabajar con las hijas?

DAL: Las historias son diferentes. Para el caso de Carta a una sombra tenía a muchas personas que querían hablar y, además, la infancia y juventud de Héctor Abad Gómez no eran centrales para la historia. Para el caso de Tito Lombana fue mucho más difícil, mi familia materna es más chiquita, mi mamá no quería aparecer, mi abuela solo aceptó hablar, así sólo me quedaba mi tía y mi voz. En The Smiling Lombana la infancia de Tito es muy importante y los únicos que podían hablar de esa infancia eran sus hermanos. Que además fueron personas que conocí gracias al documental.

DSA: ¿Qué tiene Daniela Abad Lombana de cada abuelo?

DAL: De Tito seguramente la sonrisa… tal vez. Ehhh (silencio prolongado), voy a pensar bien.

DSA: Yo preparé una pregunta complementaria, por si acaso, ¿por qué quiso estudiar medicina?

DAL: (risas) En principio quise estudiar cine pero era muy difícil. Estudiar cine era muy costoso. Yo estaba en Italia cuando terminé el colegio y las opciones allá eran reducidas, Cinecittà u otras opciones muy académicas. En Estados Unidos o Londres era carísimo. Entonces, para la adolescente que era yo, me pareció que era más útil para la sociedad salvar vidas que almas.

DSA: ¿Tomó esa decisión buscando un poco a Héctor Abad Gómez?

DAL: Pues seguramente sí. Seguro que sí. Respondiendo la pregunta anterior, he descubierto que tengo de Hector Abad Gómez el amor por la discusión, por el diálogo, él era un hombre de la palabra, de la conversación, de la polémica también. Y siento que tengo en común cierta afición por las causas pérdidas y una preocupación social. Me gustaría ser activista o tener un cargo público, no me refiero a la política sino aportar a la sociedad. Me gusta ser una ciudadana activa.

DSA: En los dos documentales es posible observar en su familia un contacto constante con las artes: escultura, literatura, danza, música, pintura ¿Cómo ha influido esa exposición artística en su trabajo y proceso creativo?

DAL: No sé. Pero en mi familia también hay emprendimiento. Mi abuela Cecilia montó una empresa y hay empresarios. Me gusta también venir de otras cosas prácticas. Me gusta esa mezcla de lo práctico y lo artístico, y que no rivalicen. Ejecutar es fundamental, no tener solo ideas sino hacer las ideas.

DSA: En algunas entrevistas ha afirmado que el propósito de las películas era conocer a dos personas que nunca pudo conocer ¿algún otro objetivo al hacer esa tarea titánica de escarbar en los armarios?

DAL: Bueno, también era empezar a hacer películas. Dirigir. Tenía dos historias que yo creía que podrían funcionar a nivel cinematográfico. Carta a una sombra me llegó un poco de sorpresa pero The Smiling Lombana desde que conocí la historia supe que era una historia cinematográfica. Entonces, yo quiero hacer cine, me preguntaba por dónde voy a empezar, tengo esta historia, bueno, pues hagámosla. A mí me gusta hacer las ideas que tengo, si no salen bien, hago otra, o intento hacer otra.

DSA: ¿Por qué dice que Carta a una sombra le llegó de sorpresa?

DAL: Es que Carta una sombra era originalmente una idea de unos holandeses que leyeron el libro de mi papá y quisieron hacer un documental. Para esa época yo aún estaba en la universidad y les ayudaba con las citas con mis tías y chismoseaba. Pero yo sentía que los holandeses les costaba entender esa historia y no se conmovían con cosas que yo me conmovía, y de alguna manera me sentí un poco responsable de estar ahí protegiendo esa emoción de mi familia. Finalmente los holandeses no se entendieron bien con Miguel, ahí conocí a Miguel Salazar y él me propuso hacer el proyecto.

DSA: En las dos películas se nota un trabajo muy acertado y cercano a la Historia como profesión, me refiero a la historia como disciplina académica, obviamente utilizando el recurso audiovisual ¿Cómo llega usted a las técnicas y habilidades que se usan en la historia como profesión?

DAL: Creo que en Carta a una sombra la influencia de Miguel es latente y creo que Miguel me ha enseñado mucho. Yo aprendí a hacer documentales gracias a él, viendo cómo trabaja y gracias al apoyo de él he podido hacer este documental. Yo era muy mala en historia en el colegio, después, no sé en qué momento de mi vida, me empezó a interesar muchísimo la historia. Tal vez, como nunca estudié Historia de Colombia, al regresar, tuve que decirle a una amiga (no historiadora, politóloga) que me diera unas clases y me empecé apasionar por la historia, leí muchos libros. Para hacer The Smiling Lombana volví a leer mucho, sin embargo, no sé qué pensaría un historiador de mis conclusiones históricas (risas)

DSA: Hablemos de un elemento que me llamó mucho la atención en The Smiling Lombana. La casa en ruinas donde filman… ¿Era la casa de un traqueto?

DAL: Era la casa de Carlos Castaño. El que, se supone, asesinó a mi abuelo Héctor.

DSA: Oh, eso no lo sabía, creo que hace aún más interesante lo que quería preguntarle, se trata sobre la tensión entre memoria y olvido. Para la película es muy importante preguntarse sobre cómo respetamos la Historia y cómo las sociedades se olvidan de algunas cosas. En su trabajo es posible observar que usted creció en un ambiente donde, por un lado, hay un abuelo al que hay que olvidar, o que se esconde, y por otro lado hay otro abuelo al que se recuerda por la gran persona que fue y su trágica muerte. ¿Cómo hacer el balance entre memoria y olvido, en su caso?

DAL: Eso es lo que me interesa hacer con The Smiling Lombana, mostrar cómo gran parte de la sociedad está implicada en la violencia y cómo todos nos hemos lavado las manos y no hemos tenido esa conversación. Creo que gran parte de las familias colombianas han sido víctimas pero también, al mismo tiempo, muchas han tenido victimarios. Y no importa, no creo que uno tenga la culpa de la familia en la que nace, creo que uno puede redimirse de eso y creo que la manera de redimirse es hablando, no es ocultándolo. Decirlo abiertamente es más generoso para que haya un diálogo con el otro. Es difícil aceptarlo pero es necesario hacerlo

En Colombia vivimos una realidad muy compleja, en el documental mi tía dice que “hay cosas que son ilegales que deberían ser legales, mientras que algunas cosas legales deberían ser ilegales”. ¿Quiénes son los culpables aquí? Creo que conversar es la única salida.

DSA: Esta reflexión me lleva a querer preguntarle algo sobre Medellín. Estuve leyendo que van a demoler el Edificio Mónaco (antigua residencia de Pablo Escobar). Algunos historiadores consideran que destruirlo no es la mejor forma de enfrentar los retos de la memoria y en su trabajo usted ha preguntado sobre qué debemos hacer en Colombia con nuestras ruinas. ¿Qué opina de la demolición y del nuevo proyecto?

DAL: Eso me lo he preguntado varias veces. Cuando hice el documental me preguntaba mucho sobre las ruinas de otros países, esas ruinas romanas, griegas que son cosas muy sofisticadas. Nuestras ruinas indígenas también eran muy sofisticadas, pero acabaron con ellas. Las ruinas que nos quedan, muchas, no son sofisticadas y por ello tendemos a tumbarlo todo, olvidándolo todo. Cuando hice el documental pensaba que eso no debía ser tumbado, estaba en contra de la demolición del Edificio Mónaco.

Pero en este momento, después de ver el proyecto ganador y otras de las propuestas que participaron en el concurso, me parece  bonito que igual ahí se haga algo, creo que lo importante es que realmente ahí se construya algo y me parece válido que se usen los escombros del edificio demolido. Lo que me parece importante es que no se convierta en un centro comercial sino que quede memoria de eso, de alguna manera.  

DSA: Usted ha mencionado reiteradas veces que la historia de esos hombres puede resumir la historia de Colombia, ¿En las películas está intentando describir el todo por las partes, se trata de un sinécdoque?

DAL: Sí, yo creo que utilizo esa figura. Es de alguna forma una de las reglas que a veces nos hablan en el cine: “para hablar de lo universal, habla de lo particular, y ahí está tu universalidad”. Sí, creo que esos personajes de alguna forma describen a Colombia.

Es la Historia de Colombia vista desde dos orillas de las tantas que hay, pero en este caso son dos orillas contrapuestas. Yo creo que mi abuelo Héctor era muy revolucionario. Sigue siendo muy revolucionario hoy en día. A mí lo que me parece teso de Carta a una sombra es que es muy actual y eso es horrible.

DSA:¿Las dos películas podrían ser dos partes de una historia?

DAL: ¿De la historia de Colombia? Creo que sí.

DSA: ¿Y para Daniela cierra un ciclo?

DAL: Sí (risas). El ciclo de las familias (risas).

DSA: ¿Cómo entiende Daniela Abad el documental?

DAL: No lo entiendo muy bien. Yo no estudié cine documental, estudié cine de ficción y me siento más segura y con más propiedad cuando hablo de ficción que cuando hablo de documental. Me considero muy ignorante en documental, no he visto casi documentales, cada vez lo hago más, pero no me considero una experta en documental.

Lo que nunca me ha gustado es que diferencien el cine documental de la ficción. No me gusta que la gente pregunte ¿es una película o un documental? Yo prefiero hablar de cine en general, porque el documental es cine. A mí me gusta pensar que la línea cada vez se hace más delgada… me gustaría lograrlo en alguna película, donde uno no sepa si es documental o ficción.

Las películas que logran hacer delgada la línea me parecen súper interesantes, como algunas películas de Abbas Kiarostami o Jafar Panahi. Me gustan mucho los documentalistas brasileños. Me gusta mucho el trabajo de João Moreira Salles y Eduardo Coutinho. Sus películas me encantan.

A la gente le gusta cuando le dicen que es una historia real, incluso en la ficción, cuando le dicen “basada en hechos reales”. Lo que me parece bonito del documental es que enseña a amar mucho la vida, la realidad, a darse cuenta que la realidad puede ser maravillosa, mágica. A veces he llegado a pensar que quienes hacen documental aman más la vida que los que hacen ficción, como si los que hacen ficción no estuvieran del todo conformes con lo que ven entonces tienen que inventarse otra cosa.

Pero bueno, hace poco rodé un corto de ficción y me pareció maravilloso pensar en algo y volverlo realidad a través del cine, no se trata de separarlos, lo que me gusta del documental es que enseña a observar la realidad y apreciar esa realidad, y ver la belleza que hay en ella. Incluso en literatura prefiero las crónicas sobre las novelas. 

DSA: Su abuelo Tito Lombana decía: “que la critiquen, toda obra merece ser criticada” ¿Qué opina de la crítica en el cine?

DAL: Me encanta. Me gusta mucho la crítica, he escrito algunas cosas de crítica, hice un curso de crítica de cine con los de Caimán Cuadernos de Cine en Madrid, a mi encantaría escribir crítica de cine y siempre leo crítica de cine. Me parece fundamental que haya una reflexión detrás de lo que se hace, no me importa que me critiquen. Lo que sí me molesta es que a los cineastas nos critiquen personalmente, eso creo que no es crítica. La crítica debe ser relativa a la obra que se está criticando y alejada de la vida personal del cineasta, no desconociendo que la vida personal evidentemente afecta el resultado final de la obra.

Un crítico debe observar la obra como tal, formalmente cómo se cuenta y por qué se cuenta. Lo que a mí más me gusta cuando veo una película es encontrar esa relación entre el contenido y la forma, y creo que los críticos tienen un ojo muy agudo para eso. Yo doy clases y no me gusta mucho mostrarles a los estudiantes por qué se dice que una película es mala o buena, como si fuese una cosa tan fortuita, yo prefiero observar mucho formalmente cuales fueron las decisiones que tomaron el director y los departamentos para contar esa historia. Los críticos hacen, y deben hacer esa tarea muy bien, ellos ven muchas cosas que uno desde la dirección y producción no ve, y ayudan a los cineastas a reflexionar sobre sus obras. Es fundamental la reflexión sobre la obra de un cineasta para determinar una buena crítica, es como la diferencia entre un periodista noticioso y un periodista que analiza la noticia. Lo mismo puede pasar en el cine.

Pensar en cine, hacer que la gente piense en cine nos hace mejores espectadores.

Yo viví con Luis Alberto Álvarez en Medellín, un tipo que era cura y crítico de cine, uno de los fundadores de Kinetoscopio y que trabajó haciendo ciclos de cine en el Colombo Americano. Yo creo que él, seguramente, me influenció mucho.

DSA: Hace unas semanas se generó una polémica días antes de la presentación de la película “La negociación” de Margarita Martínez. Uno de los señores más molestos, en un programa radial, se despotricó contra aquellos que realizaron lo que él llamó cortometraje (sic) y con el presidente del grupo de salas de cine que lo iba a proyectar. A mí me causó escozor cuando afirmó repetidas veces que ni el cine ni el arte deben ser políticos ¿Cree usted que el cine es, debe o debería ser político?

DAL: Si, yo sí creo, y es inevitablemente histórico. Aunque la única función del cine no es hacer política, no hay manera de desvincular la política del cine. En toda película hay una postura. Para mí la política va más allá de un partido o de una persona, para mí la política es una forma de vivir y una manera de actuar, y ciertos valores que uno conserva o destaca en su cine. Creo que el cine siempre es político.

DSA: Entiendo que, en compañía con Laura Mora, directora de “Matar a Jesus” (2018), tienen intenciones de crear una productora

DAL: Ya la tenemos. Se llama la Selva Cine.

DSA: ¿Por qué la Selva?

DAL: A favor de las miradas no domesticadas. Pero no es solo con Laura, también es con Manuel Villa (documentalista, amigo nuestro), Pablo Mora (artista plástico) y con Mirlanda Torres (productora de cine)

DSA: En sus películas aparecen como financiadores el Grupo Argos, Celsia, Inmobiliaria Abad Faciolince. Quisiera preguntarle sobre el proceso de financiamiento del cine en Colombia ¿Cuáles son los retos que se enfrentan al hacer películas en Colombia?

DAL: En Colombia tenemos una industria que está empezando, es una pequeña industria creciendo. Contamos con muy buena capacidad técnica en el país y la Ley del Cine, junto con el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, han sido claves para el avance.

Quiero enfatizar que hacer cine es difícil en general, en cualquier lugar. Hacer una película es casi un milagro porque es un proceso tan largo y costoso que es difícil y obliga a perseverar. La industria privada también ha apoyado y ayudado mucho a hacer cine, ojalá lo siga haciendo cada vez más. También hay fondos internacionales y ahora existen becas en las regiones que se convierten en nuevas fuentes interesantes para financiar el cine en nuestro país.  

DSA: Traje una pregunta con la intención de hablar sobre dos asuntos que considero interesantes para el cine colombiano en la actualidad. En las últimas semanas una película que coincidencialmente narra una historia sobre dos hombres ausentes ha dado mucho de qué hablar y de que escribir ¿Qué opinión tiene sobre Roma, de Alfonso Cuarón?

DAL: Me gustó, pero tampoco creo que vaya a ser un referente en mi vida. Me gustó más este año Adiós Entusiasmo, de Vladimir Durán, o Zama, de Lucrecia Martel. Pero me parece que Roma, formal y estéticamente, es brillante. Por ejemplo, me pregunté por qué empieza con un plano del agua, y la película tiene mucho que ver con el agua, la maternidad, romper fuente, el mar, limpiar, creo que tiene unos aciertos formales increíbles. Yo creo que es una buena película pero no es una obra maestra, también creo que Cuarón es un gran cineasta pero no es de mis cineastas preferidos. También creo que a veces le pedimos demasiado a los buenos cineastas, es como cuando Woody Allen hace una película mala, a mí qué me importa si hace una película mala, él ya me ha dado suficientes películas increíbles.

DSA: Bueno yo traje la pregunta sobre Roma por otro motivo. En algunas entrevistas le he escuchado decir que en Colombia se deberían contar más historias sobre las clases medias y sobre las clases altas. Creo que quería decir más sobre las clases altas que medias.

DAL: Clases medias-altas (risas). Creo que en Colombia se ha hablado poco de eso. La mayoría de los cineastas venimos de clases medias-altas, somos privilegiados porque es muy difícil hacer cine, no todos, pero muchos. Nos hemos enfocado en hablar de una realidad que nos interesa pero a la que a veces somos ajenos, como es el caso de los grupos de menores ingresos, pero eso es normal, es ahí donde hay un drama más evidente y donde se puede dar mayor visibilidad a las personas que están más invisibilizadas en la sociedad. Sin embargo, creo que el drama de los grupos de menores ingresos existe también por el drama de los grupos de mayores ingresos. Nos falta conversar muchísimo sobre eso.

Seguramente si uno hace una película sobre las clases altas, le dirían que un es un “snobista” que le da visibilidad a la clase más visible y si habla de las clases bajas, que también es un “snobista” que habla de lo que no le pertenece. Entonces no hay solución. No hay una Sofia Coppola colombiana todavía. Franco Lolli hizo Gente de Bien y precisamente plantea esa conversación. México, Argentina y Chile han hecho un trabajo muy bueno en contar múltiples historias de diferentes grupos sociales.

Pero creo que hay que hacer películas de todo. Tenemos muchas historias que contar en Colombia.

DSA: La segunda razón de traer Roma a la conversación para preguntar sobre el debate suscitado a raíz de la proyección a través de Netflix y la no proyección en las grandes salas de cine comerciales en México o Colombia. ¿Plataformas digitales o salas de cine?

DAL: Yo defiendo las salas de cine y me parece que no se van a acabar. Me parece que es como cuando la gente dijo que se iba a acabar la radio, la radio no se acabó, la radio sigue ahí, lo que pasa es que ya no está de primera, sigue siendo una forma de entretenerse y de recibir información. No creo tampoco que el cine se acabe pero el cine de pronto va ir perdiendo el glamour que tenía cuando empezó.

Pero la experiencia de ver una película en cine… Yo vi Roma en cine, es una experiencia totalmente distinta a verla en una pantalla pequeña o en el computador. Uno hace películas para que la gente las vea en salas de cine aunque normalmente uno no tiene ese privilegio. Mostrar una película en cine es un privilegio porque hace la experiencia realmente inmersiva, porque uno no se distrae. Lucrecia Martel compara la experiencia con entrar a una piscina donde la experiencia del sonido es tan importante y Felipe Aljure hablaba conmigo recientemente sobre la experiencia de ir al cine comparándola con la caverna de Platón, no hemos evolucionado en nada, seguimos mirando la misma caverna.

DSA: Para cerrar esta conversación. En la película The Smiling Lombana hay una reflexión muy valiosa sobre la situación actual del país y quizás del mundo. ¿Qué es lo que denominó en esa reflexión “la victoria de las cosas”?

DAL: Para mi es la sociedad en la que vivimos hoy, donde las cosas nos ganaron.

DSA: En la sociedad de la victoria de las cosas, pareciera que uno de los personajes de sus películas escogió el camino fácil y el otro el difícil. ¿Alguno de los dos caminos permite ganar la batalla o ambas opciones son batallas perdidas?

DA:L No creo que en el caso de Héctor Abad Gómez hayan ganado las cosas, creo que igual ganó la belleza. En Tito Lombana, por lo menos el Tito que yo construí, creo que ahí también ganó la belleza (medita un poco)… o la belleza de la contradicción de la vida.

Comentarios