SAL, DE WILLIAM VEGA: TRÁNSITO PERMANENTE

“No conoces las distancias y te atreves a medirlas”

 

Sal, la nueva película de William Vega, puede dar unas acertadas confirmaciones sobre quizás dos cosas que están, hoy, caracterizando al cine nacional: La primera, que no es nueva, tiene que ver con las dolencias tradicionales, los actores que transmiten unos diálogos acartonados (basta con ver el personaje del huraño acumulador, el dueño del negocio, el único que tiene, en medio de ese desierto sin nombre, la capacidad de comprar cosas, que inexplicablemente tiene una voz que estorba, que no habla sino que canta –desafinado y sin alma– y que donde tuviera unos minutos más de diálogo convertiría la película en algo absolutamente insoportable); el exceso de diálogo expositivo; la rapidez con la que se solucionan cosas, dejando aparecer la sensación de inconclusión. Y la segunda, tal vez la más importante, tiene que ver con la absoluta libertad con la que se mueve la película. Sal aparece, a primera vista, como un paso lejano de La sirga, la película anterior de Vega. Otros temas, otras formas para encuadrar el mundo, un acercamiento menos oculto a la poesía, menos miedo a lo lineal, más audacia. Sal podría hacer parte de esas películas colombianas que se deciden con evidente determinación a no encajar, lo que no quiere decir que sean películas crípticas, incomprensibles. En Sal, lo que importa es conjurar una expresión.

La película sigue los pasos de un hombre que cae, un poco perdido, en un desierto donde, se nos dice, antes había un mar. Ahí conoce a un grupo de hombres, seres que viven cada día pensando en cómo van a sobrevivir al siguiente, que acabaron por imponer un orden, “un ecosistema” le dice uno de los personajes, en un lugar que se resiste a él. Gente que, como el protagonista, están en constante tránsito. Los que habitan el desierto no se pueden quedar quietos si quieren vivir y el protagonista sólo ansía poder salir de ahí, atravesar el desierto y llegar a su destino. El desierto, como nos lo podemos intuir, lo inducirá a estados de pensamiento que le harán  revisar sus decisiones o sus certezas sobre el mundo circundante. Lo interesante de la película es que mientras se nos va contando ese proceso de incertidumbre van apareciendo momentos previos al accidente del protagonista (que amplían nuestro conocimiento sobre la maraña de intrigas que lo tienen donde está, sobre sus deseos y su pasado), lo que le permite a la película (y explícitamente al desierto) ser un lugar donde se solapan ideas, ocurrencias, momentos, universos, distancias, opuestos y sueños. Es como si en una pequeña transición se juntara la poesía de una voz con la belleza de una caligrafía. Dos universos pueden habitar la misma imagen.

Sal, de William Vega

El motor narrativo es el elemento al que alude su título: en la sal, que es lo que dejó el mar (una idea que atraviesa toda la película: donde hubo algo ahora hay otra cosa) se encuentra un poder curativo que, entendemos, excede lo físico y que es precisamente lo que necesita el protagonista, curarse de las heridas de su accidente pero esclarecer también el futuro que le espera. La sal representa el factor del cambio y es aquello que se conecta de manera más fuerte con el tránsito de sus personajes. En el protagonista, que se llama Heraldo (que no puede ser un nombre inocente), implica un alto a su viaje y en el caso de los que se vuelven sus  “amigos de momento” es lo que los hace ir de allá para acá, el movimiento necesario para sobrevivir en esa aridez. La película tiene un encantador halo de misterio que, al mejor estilo de las películas de detectives, nos obliga a convertirnos en sujetos atentos a armar ese pequeño rompecabezas sobre el deseo, más o menos truncado por la misma vida, de la huída. 

También en Sal aparece una confirmación, que hasta ahora creíamos improbable en el cine nacional: es posible hacer películas en medio de un paisaje atractivo por su desorden, por su virginidad salvaje, por su complejidad, su delirio estético, y no convertirse, por momentos o durante toda la película, en una postal. Sal supera al paisaje. Sabemos que la película se filmó en el desierto de la Tatacoa pero eso no tiene relevancia, la película en su mayoría no sucede con planos abiertos que pretendan dar cuenta de lo exótico y poderoso que es el lugar, en cambio el lugar está mediado por el compás del registro de sus personajes. Por supuesto que vemos el paisaje en sus dimensiones de gigante pero nos queda claro que la importancia o el verdadero deseo de la película está en el paisaje del rostro de sus personajes y, con mayor determinación, en el paisaje emocional, imposible de filmar con sólo poner la cámara, que los forma o que los hace actuar de determinada manera. La majestuosidad de la naturaleza está como estado mental, como comentario emocional, no como protagonista.

Sal, de William Vega

 

Sal, que se atreve a explorar dos temporalidades al mismo tiempo, a ver una imagen y su reflejo a la vez y a escuchar la pregunta y la respuesta al mismo tiempo y a la misma velocidad, que es una película escrita desde el estilo, no puede ser otra cosa más que una confirmación de la calidad que tiene el trabajo de William Vega y un peldaño contundente en el camino hacia la construcción de una sólida mirada que nos permita, un poco más tarde, hablar de una de los voces inimitables del cine nacional.

Comentarios