ROTTERDAM 2018 (1): EL CLIMA

Comienzan las intensas jornadas de proyecciones en Rotterdam.  Aunque asisto a una premier mundial, por ahora decido ponerme al día con algunos títulos y dejar las películas de las competencias para otro día. 

 

 

Azougue Nazaré

 

El clima por esta temporada en Rotterdam, gris, vacilante y malvado con con quien salga a las calles, a veces se contrapone con lo que se ve en las pantallas de las primeras funciones del día. En un espectacular complejo de cines, ya abarrotado de espectadores ávidos y curiosos, me dispuse a encontrar el calor brasilero de Pernambuco, donde alrededor de un cultivo de caña de azúcar se dan cita las confrontaciones entre los más acérrimos dictámenes religiosos y los más inciertos rituales de brujería. Azougue Nazaré, la ópera prima de Santiago Melo, es un ejemplo de esas películas que deslumbran y sorprenden por su capacidad inventiva, por la vitalidad con que mezclan aspectos que en un principio se consideraría no pueden combinarse y por cómo presenta a sus personajes dándoles una voz propia que supera el “mosaico rural”. Para ofrecer una lectura al terremoto al que se enfrenta el hombre de hoy: su relación con la pérdida (y la negación) de los valores que le han impuesto desde siempre, la película se sitúa dentro de las pesquisas de un grupo dedicado al maracutu que se prepara para el gran festival. Desde esa óptica, las pequeñas batallas sentimentales de sus personajes para no perder lo que disfrutan frente a ese reclamo del otro que le exige la renuncia son de donde se desprende toda la aventura del film. En este pequeño pueblo de Brasil las cosas están divididas entre los que practican maracatu y lo disfrutan y entre los que lo ven como un acto pecaminoso, lleno de maldad. Todas esas complejas tensiones de una sociedad que se inclina a dividirse en dos salen a la superficie en la película. Hay un detallado aprovechamiento de la estética del maracutu con la brujería para darle la posibilidad a la película de pensarse sin restricciones, donde los cuerpos y los objetos filmados son tan libres como el aire que no vemos. Parece que hoy en día hay un importante puñado de cineastas, sobretodo iberoamericanos, que buscan descifrar los problemas del mundo o las nuevas actualizaciones de las tragedias del hombre a través de procesos cercanos a lo sobrenatural, dejando libre y sin ningún tipo de atadura a la imaginación. Esta nueva corriente ha probado que su eco es poderoso y rotundo.

La más reciente película de Bertrand Mandico ofrecía también un clima totalmente distinto al de Rotterdam, en Les garçons sauvages, como deja adivinar su título, todo es salvaje y feroz. Un cuento, absolutamente dispuesto a alertar los sentidos de cualquiera, que reúne a grupo de jóvenes absolutamente violentos y corroídos por las posibilidades que les ha dado nacer ricos, obligados por sus familias a que emprendan un misterioso viaje –donde el retorno no es garantizado– para corregir su comportamiento déspota a una isla que te obliga a cambiar (de formas radicales). Mandico hace de cada uno de sus planos una exploración, plástica y narrativa. Cuenta además con un elenco que proporciona una atmósfera de brío inquietante: estamos viendo unas caras dóciles e imberbes, pero capaces de las atrocidades más viscerales, capaces de anular el pesamiento sobre cualquier tipo de consecuencia. En ese sabotaje a la oficialidad y a todo lo demás, aparece de tanto en tanto alguna verdad metafísica a la que se llega por ese deseo de querer dañarlo todo, de explorar con metáforas evidentes, pero propensas no al significado sino al escándalo. Es el acercamiento a una inventiva radical que se apoya en la reconstrucción de los imaginarios sexuales y eróticos, sin temor al humor. Una verdadera prueba de que las películas, cuando se hacen sin restricciones y sin miedos aparentes, se sienten poderosas y contundentes.

 

Les garçons sauvages

 

Milla, de Valérie Massadian, es una película muy sutil, que se mueve entre el tiempo como una hoja que el viento arrastra, donde todo va floreciendo sin avisos en pequeños suspiros, silencios y lamentaciones, edificando un poderoso comentario sobre lo inevitable de la vida y sobre la insistencia del tiempo en siempre pasar, sin nunca detenerse en aquellos que lo padecen –la humanidad completa–. Una pareja, frente a un lente decidido a encontrar la poesía o los momentos de “iluminación” en lo mundano, evoluciona sin gritos o mayores elocuencias. En tono menor, Milla sorprende por su integridad, por lo vivaz y sincera que se siente. 

Milla

El día terminó con la sensacional As boas maneiras, de Marco Dutra y Juliana Rojas, instalada también bajo la línea de cineastas que quieren corroer los géneros para darles una nueva vuelta de tuerca, sacarles un nuevo provecho, y que en este caso deja unas consecuencias excepcionales.  En la película hay una especie actualización a la brasilera de las novelas clásicas de terror inglesas del siglo XIX y el folclor popular de los monstruos. Es como si esta dupla de directores metieran en una licuadora sus más fervorosos gustos por el cine clásico, que raya a veces con la  serie B e incluye los musicales, con la “narrativa monstruosa” y con sus ideas sobre el Brasil que los rodea. En un plano, sin ser espectaculares ni tibios,  pueden poner todo eso.

La película se está planteando distintos dilemas que encuentran una semilla en la pregunta: ¿Qué hacer con la diferencia?  Una película que puede sostener un diálogo abierto con Azougue Nazaré, ambas se están preguntando por la desmantelación de “esas formas correctas”, de las buenas maneras con las que se nos pide, sin escrúpulos, que actuemos.

En este primer azaroso día entre los cines de Rotterdam, si el sol afuera no brilló fue suficiente con la luz de los proyectores que inundaba las salas de cine (y de la luna llena que cerró la noche con pie de lucha).

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