ROTTERDAM 2018 (2): DISTINGUIR

Desde Rotterdam continúo en una maratón de películas de todos los tipos. La fatiga amenaza con nublar el juicio. ¿Cómo proceder entonces como crítico? ¿Hay una manera de distinguir, entre las extensas listas del programa del Festival, aquellas que habrá que dejar pasar y aquellas que no se pueden dejar perder? 

 

Una nueva jornada entre las salas de Rotterdam pinta caminos para preguntarnos por el futuro del cine (y de sus temas), por el vigor de ciertas voces y, sobre todo, para indagar por las películas que quedarán en la memoria después de este deseo de verlo todo en unos once días. ¿Cómo distinguir el cine del humo? Es una tarea difícil, atrevida y peligrosa, pues todo, una vez más, se basa en juicios rápidos, en el momento justo después de salir de una película y entrar a otra. El asunto de distinguir será entonces una labor permanente. Una noción a la que hay que volver con frecuencia, abiertos también a los cambios que pueda ofrecer un film y sus repetidas visiones.

Entro a una película brasileña –hay que destacar que hay una amplia y notable presencia del país de Glauber Rocha en esta edición– de las secciones Voices, dirigida por el nóvel Sérgio Oliveira y Renata Pinheiro, Açúcar. Una extrañísima película que parte de premisas interesantes, de un deseo por explorar la tradición de la esclavitud en el estado de Pernambuco, en Brasil, y de esclarecer cuáles son esos efectos que se pueden señalar en las generación de hoy. Muy difícil justificar la entrada del film al Festival, especialmente a una sección que pretende exponer voces interesantes, propias, con descubrimientos y novedades.

La película, curiosamente, casi que sucede en el mismo punto geográfico que Azougue Nazaré; los resultados entre ellas son radicalmente opuestos. En una antigua y amplia casa, ubicada en el medio de una plantación de caña de azúcar, a la que vuelve la hija del otrora magnate azúcarero (es entonces la observación de unas secuelas en los hijos de los oprimidos y opresores de otro tiempo, que con muy poca sutileza la película subraya que no son de otro tiempo y que podría haber una palabra mejor para distinguir ese proceso que sólo “secuelas”), que amanezca con caerse y que sólo se sostiene de un recuerdo de la protagonista del film, es donde sucede el grueso de la acción, que  consiste básicamente en muchas riñas sin sentido entre los dueños de la casa y los que trabajaron para ellos, donde se espera que haya una lectura de las costumbres de los ricos (escuchar música de afuera) y la de los pobres (tocar y cantar el maracatu), reducciones absolutamente innecesarias y poco imaginativas.

Además de eso, aparece el recuerdo de una vida mejor, donde las preocupaciones eran menos porque había dinero y gente al servicio; se ve pasar con calma erupciones del deseo y viejas frustraciones para recuperar la gloria del dinero. Hay, claro, un elemento fantástico: a las mujeres les sucede de cuando en cuando, en momentos de especial estrés, un ataque rarísimo. Algo las posee y siempre en el film hay un constante “misterio” porque aparece una figura sin forma clara en varios momentos (y el sonido se enrarece, y los personajes miran al horizonte con cara de ¿qué fue eso? y la cámara tiembla, y a nosotros entonces nos toca sospechar). Un tema de particular recurrencia en el cine de Brasil se somete a un tratamiento un poco pobre y encasillado, las preocupaciones de la tradición, la herencia de valores, la continuación de ciertas actitudes y el círculo vicioso que representan quedan truncadas. El final es incomprensible y entonces, después de salir de la proyección, decepcionado, me atrevo a rotular: humo. La película recuerda a un film más grande, con mejores logros, que explora, con acentos pareciendo, las mismas tensiones pero en otras latitudes: La soledad, de Jorge Thielen Armand, viene a la mente como ejemplo de mejor ejecución.

 

Açúcar

 

Después, por esas obras misteriosas que hace el destino con el cinéfilo, logro entrar a la función de la película más reciente del gigante Philippe Garrel, L’amant d’un jour, que del francés traduce algo así como El amante de un día. Aunque creo firmemente que las relaciones entre profesores y alumnos deben ser estrictamente académicas y amistosas, nunca amorosas (o si el caso mantenerse sólo en lo platónico), me dejo seducir –con facilidad– por las imágenes del maestro del corazón, de ese Garrel seco y duro que se ha preguntado por el funcionamiento de las relaciones y de aquello que las alimenta. Aquí, una hija (Esther Garrel, hija de verdad) retorna forzosamente a la casa de su padre porque su novio la ha echado, terminando así su relación. En el regreso se entera que la nueva compañera de su padre, un notable profesor de filosofía, está viviendo con una mujer de su misma edad. Los temblores en la película no suceden por la brecha de edad, o porque la hija siente que no es correcto que su padre esté con una mujer tan joven como ella. Nacen, en cambio, por seguir la metáfora, con una escala Richter de 6 puntos, cuando la fidelidad, valor de importancia absoluta para las relaciones en el cine de Garrel, es puesta a prueba. Un concepto fugaz, cambiante y difuso, es la columna vertebral de la película, donde se exploran las posibilidades de tensión de una fidelidad a medias, de una rota. La entrega y la siempre edificantes pregunta sobre la existencia del amor verdadero emergen en todo momento. Un film bellísimo, que confirma (una vez más) a Garrel como el gran heredero de una corriente del cine francés dedicado a mirar el amor dentro de las cuatro paredes de un café o un apartamento. Al final aparece la incógnita: se quiere un amante para un día o para todos los días. Las respuestas son varias. Gran momento para mi experiencia en Rotterdam.

 

L’amant d’un jour

 

Para cerrar el día asistí al estreno mundial de una de las dos películas colombianas que están dentro del Festival, La torre. Gran expectativa por la película, que además hace pocos días fue confirmada como uno de los títulos que hará parte de la competencia colombiana de la versión 58 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, sección cada vez más robusta, dedicada a los trabajos jóvenes y valiosos de la cinematografía nacional. La película es una ópera prima dirigida por Sebastián Múnera. Una experiencia intensa y desconcertante. Sucede en Medellín, en su mayoría en la Biblioteca Pública Piloto (y alrededores). Comienza la película dando un poco de contexto: en la biblioteca mencionada, en el 2004, explotó una bomba. El crimen nunca se resolvió y sólo hay una foto que evidencia el suceso. Eso (y lo que sucede después) nos convence de que el interés primordial del director es el acercamiento al espacio y la relación de esos metros cuadrados con sus dos personajes. La relación y el esbozo de ideas en la película son absolutamente cerebrales, quiero decir que se necesita un proceso de distanciamiento que obligue siempre a una (sobre)intelectualización de la imagen y, con mayor hincapié, a su nexo con las demás. ¿Qué es lo que une a este camino de imágenes? Después de finalizada la proyección, y es algo que siento hasta el momento en que escribo estas líneas, no comprendía muy bien lo que acababa de ver, las imágenes, filmadas en blanco y negro y unas en un repentino color, me resultaron absolutamente crípticas, lejanas, sueltas. De la película espero profundizar un poco más en otra entrega y elaborar un juicio mejor construido, quizás necesite un segundo visionado. En la película, en la parte final de los créditos, se firma como una obra de Sebastián Múnera.

Toda una gran montaña rusa de emociones esta otra jornada en Rotterdam. El frío no da tregua y las películas empiezan a abrumar, se piensa en lo que no vas a poder ver, en las decisiones que tomas mal, en el almuerzo que te saltaste pero ahora tu cuerpo reclama… Las preguntas que quedan no encuentran respuestas inmediatas.  Siempre habrá que seguir buscando si es posible distinguir. La certeza que nos queda es que la variedad de miradas que agrupa el Festival sí es evidente, que los temas se fugan de lecturas simples y que el espectador debe estar siempre alerta, con su ojo, a ese momento donde la imagen cobra vida propia y decide no ser, nunca más, sólo humo.

La torre

 

 

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