El libro de Lila: Un necesario retorno a la inocencia infantil

Marcela Rincón en su opera prima nos cuenta el drama de Lila, un personaje de su propio libro que repentinamente es arrastrada fuera de él, de su mundo, y termina en el nuestro. Allí descubre,  junto a su nueva amiga Manuela, que la única forma de regresar es buscar a Ramón, un niño que solía leer sus aventuras hace años y solo con su ayuda pueden recuperar el libro del tenebroso y desértico lugar donde ha caído, El Olvido.

Más allá de dar movimiento a los gestos o características cercanas del comportamiento humano, el cine de animación ofrece una infinidad de posibilidades al explorar temas o pensamientos de real complejidad como vehículo expresivo en su vertiente más pura. Por ello sería un error limitarlo a una sola clase de público, pues siendo un estilo narrativo y estético puede abarcar todos los géneros y contextos.

En el caso de El Libro de Lila tenemos una ejecución sencilla –más no simple- para una audiencia infantil, que, sin embargo, realiza un tratamiento realmente elegante, sutil y cándido sobre asuntos de difícil confrontación, por ejemplo la memoria como elemento moldeador de la identidad, la aceptación de la muerte, el valor y la determinación frente al cambio, o incluso el equilibrio con la naturaleza; todo ello en un conjunto maduro en sus intenciones, sin subestimar la inteligencia de los niños, ni su percepción emocional cuando desea transmitirles tales ideas. Se refleja claramente en su acabado visual y en ciertos diálogos, con reminiscencias a cintas del Estudio Ghibli y a obras europeas como Las Tres Mellizas. Un vasto relato que progresa de manera correcta y fluida, completamente accesible.

Por supuesto no es una obra perfecta,  faltó mayor énfasis en la caracterización y trasfondo de sus personajes; algunas escenas necesitaban tiempo para concretar planteamientos e interacciones y el clímax fue algo apresurado, aunque jamás perjudica la inmersión general. Está bien pensada y cuidada, dando gran atención a los detalles en la construcción de sus entornos reales y fantásticos, sobre todo, al establecer un directo, sobrio e interesante juego de metaficción con Lila –un ser literario saltando entre dimensiones- que potencia su espontánea moraleja.

Si hablamos del apartado técnico, su diseño de personajes, escenarios, animación y trabajo de color son depurados al milímetro, creando un universo sólido y completo acorde a los mejores recursos disponibles. Algo bastante destacable teniendo en cuenta los adversos antecedentes de la producción animada en Colombia,  este es un eslabón crucial para su pleno desarrollo. Hay factor humano creativo y perspectivas artísticas de sobra, solo es recordarle a las productoras y distribuidoras que no todo es Disney.

También quiero mencionar la sobresaliente música; un score precioso de Juan Andrés Otálora que realza la contundencia y la belleza de sus imágenes, teniendo en mi cabeza ecos de las películas de Don Bluth con las composiciones de James Horner.

Personalmente fue un deleite ver plasmado, aparte de las secuencias surreales, espacios y situaciones de la ciudad de Cali. Lugares como el barrio San Antonio, donde me gusta caminar y contemplar, nunca se vieron tan bellos y genuinos. La película cumple al generar nostalgia en su forma más sincera; una regresión sin reparos a nuestra niñez, esencial en nuestro ser y cuyo olvido puede dejarnos indefensos ante un hostil mundo, el actual.

 

 

 

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