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LAS VIDAS BREVES: Never let me go, de Mark Romanek

Una revisita a una película genera el siguiente texto que pretende instar en quien lo lea el deseo irrefutable de verla.

 

Esclarecer qué es lo que hace que una película nos emocione resulta una tarea que bordea con la mayor dificultad o con imposible. Un menester exótico y extraño. Quizás es porque lo que vemos nos asombra o porque la luz que registra la imagen reposa en un cuerpo de una forma especial, suscitando placer en uno o más registros. ¿Dónde está esa “cosa” que nos desata la emoción? ¿Será por la forma como un actor mueve los ojos? ¿Por la manera como un cuerpo se pasea por la pantalla irrigando sensualidad? ¿Podrá ser porque lo que veo me recuerda algo que viví? ¿Porque me identifico con los personajes, por las situaciones que pasan y por la forma cómo se desenvuelven en ellas? O quizá es porque sospechamos que la película no acaba en su final y que la perseguiremos por mucho tiempo más o, tal vez, para siempre.

Después de algunos años de haber visto por primera vez Never let me go (2010), de Mark Romanek, me volví a enfrentar a ella hoy, con la excusa de acercarme a la obra del nuevo premio Nobel de literatura, Kazuo Ishiguro, que fue quien escribió la novela en la que se inspira la inquietante película del cineasta inglés. En este nuevo visionado poco cambió: las emociones seguían ahí, la densidad dramática que guardaba cada imagen y cada gesto de los actores no había dejado de existir. La novela de Ishiguro es adaptada por Alex Garland (quien dio paso a la dirección con el exitoso film Ex-machina) para que Romanek después logre poner en una sucesión de imágenes esa carga física y emocional a la que están encadenados los protagonistas de este soberbio relato.

Los tres protagonistas de la película.

 

La película sigue la corta vida de tres jóvenes que conocemos en la infancia forjando lazos de amistad, extraños y silenciosos, que les permiten batallar las piedras en el zapato y las impertinencias del mundo por arruinarles un destino y que, después del enfrentamiento, sobreviven a las inclemencias. Así se nos da la oportunidad de seguir esta red de ilusiones que se forman entre los amigos.

¿Qué es pues lo que me parece aún emocionante del film? Puede ser ver a Charlotte Rampling mover un dedo, un ojo y ver el estado total de un sentir. Entre la maldad y  la ternura ella es tajante: el mundo es lo que es y ustedes, pobres criaturas, lo mantienen girando.  O también  las tiernas miradas de dos niños que saben que entre ellos se está forjando más que una amistad, que hay algo que aún no pueden nombrar apareciendo entre ellos. O quizás es ese recorrido escalofriante –que nunca pierde la belleza, la majestuosidad de los lugares– por la carrera hacia un objetivo que no existe y nunca existirá. O serán esos diálogos tan precisos, algunos tan hirientes, otros tan devastadores. Puede ser también la efervescencia de esta juventud que vemos sometida al engaño y que aprende a la fuerza su papel en el mundo. Tal vez es el retrato de una niñez llena de esos pequeños conflictos sin aparente principio y fin: la atracción, los secretos escuchados, las bromas, las provocaciones.

El film es mediado por la narración de Kathy (una especial, sincera y acojonante Carey Mulligan) que nos lleva, en un largo momento de recuerdo, por los hechos fundacionales de su vida y de lo que compartió con los que siempre considero amigos para la eternidad.  En la voz de Kathy hay un eco de un profundo desespero y de una inagotable tristeza. Ha vivido siempre en los márgenes, nunca logró entender el mecanismo de la vida corriente, la vida fuera de los internados, y aquello que quiso con toda devoción le fue vilmente arrebatado. Es un alma que lucha contra viento y marea pero no desiste, siempre alerta, siempre con un brillo de esperanza.

 

 

Poco a poco vamos entrando a un mundo que se parece al que conocemos pero que alberga un funcionamiento radicalmente distinto. La concepción del relato del film es también una muestra de la gran habilidad del autor de la novela y del guionista de crear un universo que nos parezca completo y nuevo al mismo tiempo. En este mundo ficcional la medicina ha alcanzado su máximo esplendor y la esperanza de vida ha superado los cien años. Y aunque todo nos parece en orden empezamos a sospechar. Luego, el fascinante personaje de Sally Hawkings nos evidencia el orden de las cosas. Todos los muchachos del internado donde sucede la primera parte del film están condenados a vivir una vida breve, sin esperanza alguna de realización, todos corriendo hacia sus fechas de “terminación”.  La distopía en su apariencia no asusta, es en su interior donde horroriza, en donde menos se espera llega, sin invitación alguna, el espanto, la desesperación y la tragedia de un destino impuesto.

Un desgarro en alguna parte aparece cuando vamos empezando a darnos cuenta de lo que se esconde para los futuros de estas almas olvidadas. Alcanzamos los grandes momentos, las grandes escenas, donde un movimiento de cámara o un encuadre que restringe la visión suscita una representación certera de la desesperanza y la tragedia. La película dispone sus elementos para hacer siempre de los actores los conductores del factor emocional, lo que en últimas nos moviliza son las batallas que libran, cada uno a su manera, para apaciguar el dolor y enfrentarse a lo que les ha sido asignado.  

Tal vez lo que más me resulta emocionante en el film es su fuerza para medir las emociones que brotan al pasar por este mundo; la fragilidad de la que la película logra valerse para sentir compasión por nuestra irrisoria estadía en estas tierras. La vida en esta película, vivida a través de un amor casi imposible, es un alarido agudo. Un grito que reclama pero que nadie oye.

 

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