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EL DÍA DE LA CABRA: LA MALA SUERTE

El próximo jueves aparece en la cartelera colombiana la primera película de un nuevo director de cine del país. Combinando registros, caminando lento y dando más traspiés que pasos firmes, Samir Oliveros presenta su ópera prima, que tuvo un sobresaliente recorrido por festivales: estrenó en SWSX, participó en el BIFF y se estrenó en Londres en el marco del festival de cine de esa ciudad. 

 

El día de la cabra

 

 

Cada tanto aparece una película colombiana que, por supuestamente alejarse de los mal llamados tópicos usuales, territorios frecuentes y personajes habituales del cine nacional, la crítica decide llamarla una “película fresca”. Es el caso de El día de la cabra, ópera prima de Samir Oliveros. Según la RAE, el adjetivo fresco, lleno de acepciones, hace referencia a algo moderadamente frío, algo que no produce calor o a algo reciente, acabado de coger o hacer. ¿Qué significa entonces que una película sea fresca? Creo que en las tres definiciones anteriores no cabe este film.

El día de la cabra presenta una novedad, pero que en últimas es menor y termina por no significar nada: es filmada en Providencia y sus personajes hablan en creole, lengua oficial de la isla. En la película esos datos son menores, terminan es por decorar el relato. Toda la situación sucede en Port Paradise, un lugar ficticio, afrodisiaco, exótico, lleno de curiosidades (inexploradas, son solo telón), que son reflejo edulcorado y primitivo de las cotidianidades ya conocidas en las metrópolis; es un terreno perdido, sin mucha injerencia de otros territorios, que parece encontrar su verdadero propósito únicamente con la llegada de turistas. Lo importante o lo auténtico de la película es que funda su argumento narrativo a partir de un par de leyendas, propias de culturas más esotéricas, donde la cabra es un animal de cuidado por sus posibles efectos de mala suerte, de “bad juju”. La película nos hace saber que son creencias todavía con cierto peso en las vidas de los locales (o de algunos de ellos) y que no discriminan en edades.

Volviendo a lo de fresca: Otra acepción es la de “que falta al cuidado que debe poner en las cosas” o “descansado, que no da muestra de fatigas” ¿Se propuso el director hacer una película “fresca”, un poco descuidada? La evidencia nos dice que no. En la película todo tiene un lugar meticulosamente seleccionado para el goce estético, la conjunción de sus elementos demuestra una preocupación por hacer de ese paraíso perdido una verdadera joya encubierta, una pintura perdida. La película tiene, quizás, una intención bondadosa de descubrir algo en el orden de la emoción y lo sensible en la hermandad, ese camino lleno de piedras que es la construcción de una relación viva y compasiva con un hermano o hermana. Sin embargo, eso se escapa cuando la película se decide por seguir fielmente el cuento de hechos que le permite (o le exige) que sus personajes siempre se tengan que mover, o porque tienen que escaparse o porque tienen que llegar a otro lugar para salvar sus vidas. Es entonces una fatiga que termina por cansar al film, dejándose seducir enteramente por sus cruces narrativos; en esa atención al movimiento la película pierde la oportunidad del descanso (o del análisis) y se convierte en un remolino de una situación irresoluble sobre otra.

 

El día de la cabra

 

La película no es entonces fresca, ni siquiera en la acepción de vivo, renovado, original, es más una película amable con quien la ve, cálida con sus personajes y su público –una característica no menor hoy, cuando las películas se empecinan en decirnos que todo está muerto y que las tramas más frías y desesperanzadoras triunfan en ciertos sectores de la crítica y de los premios de festivales–, que sufre por la amenaza que se planta ella misma. Quizás lo más valioso sea esa característica que construye alrededor del uso de la comedia y la capacidad para la risa. Atención a esa primera secuencia que funciona como abrebocas a un mundo –demasiado idílico– donde la solidaridad une y es el valor más apreciable. También rescatar cómo se bandea con soltura y eficacia Oliveros, especialmente en sus secuencias musicales, así acaben como comentario vacío y no como posible exploración a esos deseos que mueven a estos explosivos protagonistas; también cómo sabe sacar provecho de las situaciones que le permiten comicidad: los enredos, el destino, la familia, la fisicalidad; donde las relaciones también están plagadas por la carcajada y la reconciliación, incluso en ese camino tan lleno de afán y dudosas coincidencias. La película entra a una zona de una comedia de una calidad más brillante y sin ningún atisbo de pobreza imaginativa que a la que se nos quiere acostumbrar.

Lo que es evidente es que la película brilla en sus aspectos subalternos y mientras nos vamos dejando seducir por la cantidad de cosas que confluyen en ese relato va apareciendo el gran reparo: no se detiene para pensar en lo que filma y las posibilidades que le ofrece ese material y se vuelca con rapidez a seguir el bulto de las acciones que terminan por contar el largo día de esta pareja de hermanos.   

 

 

 

El día de la cabra

Honlenny Huffington Robinson y Kiara Mishell son la pareja de hermanos protagonista

 

 

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