Cuando la mafia nos une

Hace un tiempo, un amigo, paisa, me relató una anécdota suya en el exterior, de esas que solo puede sucedernos a los colombianos cuando nos involucramos con ciertos extranjeros. Ocurrió en uno de esos eventos en donde lo más importante es relacionarse y hacer contactos. Durante una pausa, mi amigo entabló una conversación muy amena con uno de los asistentes. Otro de ellos, un escocés, se acercó y se presentó. Luego de preguntarles de dónde eran, mi amigo respondió, cómo negarlo, que era colombiano, y el otro, italiano, más precisamente de Sicilia. El escocés, con jocosidad, incluso algo sorprendido, dijo: “uy, disculpen, los dejo, deben de tener mucho de qué hablar”, y se marchó.

Los dos hombres se miraron y se rieron, pero lo hicieron con una floja carcajada, que traía consigo algo de vergüenza, una cierta intimidad y hasta una inesperada complicidad. Ambos llevaban consigo, con su procedencia, ese lastre ajeno e inmerecido que todos conocemos. Acaso para aquel escocés en esos individuos casaba muy bien aquella frase de Roberto Saviano en su libro Gomorra: “Nacer en ciertos lugares significa ser como el cachorro de perro de caza que nace ya con el olor de la liebre en el hocico”.

Lo importante aquí no es narrar una anécdota más sobre el indeleble estigma de mafia y narcotráfico que nos persigue a los colombianos desde hace décadas, sino en recordarnos a nosotros mismos que no estamos solos en este mundo que nos restriega en la cara la reiterada criminalidad de algunos de nuestros compatriotas, y aunque muchas veces lo hagan en broma, detrás se camufla una dura realidad.

Esa triste afinidad que compartimos, por ejemplo, con ciertas regiones de Italia (Sicilia, Nápoles, Calabria), tiene por supuesto su paralelo en las obras de ficción y no ficción, que casi con igual espontaneidad brota de entre la maraña del crimen con el sospechoso propósito de revelar lo oculto, con todo el peligro que ello acarrea. Y de ellas, las nacidas del cine y la televisión tienen una mayor atención y contundencia. 

“Nacer en ciertos lugares significa ser como el cachorro de perro de caza que nace ya con el olor de la liebre en el hocico”.

Roberto Saviano

Al ver, por ejemplo, Gomorra (2008), película basada en el libro homónimo de Saviano, en el que disecciona la estructura y modus operandi de la Camorra, la temida mafia napolitana, nos sentimos muy familiarizados con la realidad de la azotada región de la Campania, donde opera, porque nos es inevitable hacer el incómodo parangón con la nuestra, pero no solo porque ambas naciones hayan vivido o estén viviendo el azote de un crimen organizado, sino porque la hemos atestiguado en nuestro propio cine y televisión. Algo similar sentirán ellos al ver nuestras series y películas, y hasta, en el caso de los criminales cinéfilos (porque los hay), se inspirarán en nuestros capos.

La adolescencia tentada y arruinada por el poder criminal, la omnipresencia de la mafia en las esferas políticas, la enferma idolatría por el dinero, los esmerados atuendos, los rituales, las traiciones, las amenazas, la venganza, la muerte y la impunidad. Todo ello está allí, en mayor o menor medida, en esas obras, ayudando a la audiencia del mundo a darle forma a una idea sobre nosotros que al principio era algo brumosa, pero que ahora tiene rostros, emociones, situaciones, estilo, idiosincracia, diálogos…  

Pero esa universalización de nuestras miserias comunes se ha afianzado aún más con aquella oleada de seriados de los últimos años, como El patrón del mal o Narcos, en el caso colombiano; Gomorra, serie creada también por Roberto Saviano y basada en la misma novela (a pesar de hoy confesar sentirse arrepentido de haber escrito ese libro, que le ha costado amenazas de muerte de parte de la Camorra y que hoy lo mantiene cercado de escoltas) o Suburra, en el caso italiano, y en el mexicano, El Chapo, coproducida por Netflix y Univisión. Sin contar las innumerables películas de Hollywood que también nos retratan a su estilo.

Algunas de estas obras tendrán en verdad el loable propósito de denunciar, otras buscarán un  simple retorno económico o satisfacer una audiencia ávida de tragedias ajenas, y sin importar qué tanto deforman nuestras realidades (tema para otro artículo), lo cierto es que mientras más nacen, mientras más las vemos, mientras más se popularizan, más se nos quedan pegadas a la piel, a la mirada; imagino incluso que nos otorgan un olor característico que nos delata frente a los demás, un olor a sangre y coca, que nos hace hasta sospechar de nosotros mismos.

Director de The End Magazine. Comunicador Social – Periodista de la Universidad Central, con experiencia en crítica cinematográfica y en periodismo. Fue Editor General de la Revista RS.

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