“Cine y Patrimonios: Maneras de Encontrarnos”

Viviendo el Festival de Cine de Jardín 2019

Entre el 18 y el 21 de julio pasados se llevó a cabo en el Municipio de Jardín, Antioquia, la cuarta edición del Festival de Cine de Jardín. Como en todo festival, son los ojos del que lo vive los que cuentan la experiencia, por eso, esta es mi visión personal desde lo que pude apreciar y sentir, teniendo en cuenta además que es la primera vez que asisto. El Festival fue una versión variada con un poco de todo; desde cine colombiano y clásicos del cine global, hasta películas recientes de la filmografía mundial. Por supuesto, también se dieron lugar los talleres audiovisuales, los espacios académicos, los conversatorios con actores locales y las muestras y competencia de cortos. Todo, ambientado en un municipio encantador, donde el incandescente sol del día le da paso al viento gélido de la noche, en un contraste de climas y un paraíso de paisajes, donde el buen café y la buena mesa, son la constante y se convierten en el mejor acompañante de todos los momentos.

El evento es un esfuerzo de unos pocos soñadores -que otrora fueran los organizadores del Festival de Cine de Santafé de Antioquia-, entre los que se encuentra Víctor Gaviria, quien funge como director. Un esfuerzo que en nuestro país debería ser ampliamente valorado, pues se requiere mucha disciplina y pasión para llevar a cabo un sueño de este tipo, con poco presupuesto y un sinfín de variables para mantenerlo bajo control.

Aun cuando el tema del festival remitiera a algo en extremo académico y pudiera sonar bastante denso, la curaduría acertó en que las películas proyectadas fueran accesibles a todo tipo de público y permitió que se pudieran ver cintas interesantes. Entre ellas, la película colombiana: “La Ciénaga, entre el Mar y la Tierra”, dirigida por Manolo Cruz y Carlos del Castillo, que además fue escogida para el acto de clausura-, la cual pudimos no solo apreciar, si no conocer la historia detrás de su rodaje, gracias al conversatorio después de la función con su director Manolo Cruz y la protagonista del film: Vicky Hernández. Pudimos conocer que el litigio jurídico de la película se falló a favor de Manolo Cruz, pues el codirector Carlos del Castillo demandó luego del rodaje a Manolo, con el fin de quedar en los créditos como único director. Este suceso, más allá de la curiosidad que pueda generar, acarreó que la película no pudiera ser distribuida durante los 4 años que duró el litigio y que todas las compañías que la habían comprado hubieran declinado posteriormente, para no inmiscuirse en el conflicto. A pesar de todo esto, y de las carencias presupuestales; las actuaciones y la historia, le dan un valor importante a un largometraje enmarcado en una zona de nuestro país, tan deprimida como muchas otras, que explora la vida de una madre que está cien por ciento al cuidado de su hijo con discapacidad. Es una historia de gran valor, bien contada y sensible. Ojalá pueda ser finalmente exhibida para que muchas otras personas puedan apreciarla y juzgarla por sí mismos. También pudo accederse a títulos que hablan de tradiciones y patrimonios de la humanidad, tales como Jinete de Ballenas (2002) de Nueva Zelanda, la cual ambienta la tradición maorí de la región en una actuación sensible y delicada de su protagonista, que nos lleva a identificarnos con su dolor y su extrema paciencia para que los demás lleguen a entender lo que ella sabe desde siempre. Por otra parte, pudieron verse, Roma Ciudad Abierta (1945) de Rossellini, Museo (2018) del mejicano Alonso Ruizpalacios, El Arca Rusa (2002) de Aleksandr Sokúrov, Cleo de 5 a 7 (1962) de la gran y recientemente fallecida Agnés Varda y una restaurada y muy concurrida Amores Ilícitos (1995) de Heriberto Fiorillo con Robinson Díaz en sus inicios como actor. En fin, una muestra amplia que da una idea bastante acertada de lo que el festival quería reflejar en su temática.

Iniciativas como el Festival de Cine de Jardín, deberían ser más, y ser cada vez más difundidas y crecer en número de asistentes, pues es en estos espacios donde el cine encuentra su forma de masificarse, de difundirse y de llegar a públicos que de lo contrario no podrían acceder a él. Soy una abanderada de los festivales de cine globales; pero que piensa que son los locales los que siembran la semilla en el espectador, los que comienzan a inquietarlo con temáticas más allá de las puramente comerciales – sin demeritarlas-, los que expanden la mente, los que lo llevan a entender que el cine es más que el visionado de películas, es también entender quiénes lo hacen, quiénes lo producen, qué piensan quienes actúan y quienes hablamos de él. En fin, que este y los demás festivales de cine locales sigan teniendo cabida y espectadores que los sigan haciendo posibles.

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