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Blade of the immortal: Takashi Miike en estado puro y de gracia

Basado en el manga de Hiroaki Samura, esta adaptación cinematográfica nos relata las desventuras de Manji, un samurái que adquiere la inmortalidad luego de que una misteriosa anciana, quien afirma tener 800 años, le introdujera unos extraños gusanos capaces de regenerar continuamente su cuerpo. Gracias a ello le salvó de morir, pues había luchado él solo e invadido por una ferviente ira, contra un grupo de bandidos que mataron a su hermana menor, su única familia. Para Manji tal condición es una perpetua maldición, un castigo por anteriormente asesinar a su maestro y a varios guerreros de su dojo, entre ellos el marido de su hermana. Ahora tan solo anhela un final.

Han pasado cincuenta años, y una joven llamada Rin Asano desea venganza por la muerte de sus padres asesinados por el Itto-ryu, un séquito de guerreros liderado por Kagehisa Anotsu. Sin dejarse abatir, Rin escucha rumores sobre Manji y decide buscar su ayuda para encargarse de Anotsu; al conocerlo entabla una peculiar relación muy cercana a pesar de la obstinación del longevo guerrero, que acepta a regañadientes el encargo. Por lo tanto, Rin y Manji enfrentarán sus pasados en una misión rebosante de agonía, furia, intriga, sangre y quizás redención.

Luego de cien películas en sus hombros, Takashi Miike no da señales de claudicar ante el paso del tiempo ni someterse a las imposiciones de la industria fílmica. Continúa en un tour de force contra sí mismo, siempre probando y deconstruyendo formulas hasta forzar los alcances de la expresión audiovisual; mostrando un total compromiso con su visión transgresora y personal. Por ello hace gala de un dominio y balance en su lenguaje que muchos envidiarían, siendo capaz de presentar con absoluta solvencia relatos de género sobre yakuzas, de horror o del Japón feudal, y a su vez maquinar sátiras experimentales tan corrosivas y absurdas como pueda concebir su fértil cabeza.

En ocasiones estos ejercicios han causado estridentes tambaleos al cuestionar, sin filtro alguno, el sistema social de su nación, mientras se burla cínicamente de las miserias, vicios, ambigüedades y demás decadencias morales del japonés moderno, empleando una refinada comedia tan negra y grotesca como la brea. Puede que algunas películas tengan problemas con detalles narrativos, de ritmo y comunicativos por alegorías forzadas o demasiado herméticas, pero su cine siempre es coherente ante sus inquietudes, obsesiones y perspectivas nihilistas. Te puede escupir en la cara; te gustará o no su obra; pero siempre tendrá un estilo y será como le plazca.

Quería dar tan extensa introducción porque Blade of the immortal (La espada del inmortal), el más reciente trabajo de Miike y motivo del presente texto, es la consumación de sus constantes en una convergencia única. Podría decir que es un desmadre meditado, exponiendo un derroche de técnica exquisita al componer secuencias de acción explicitas y caricaturescas, a la vez que se desenvuelve de forma correcta cuando desarrolla personajes; si bien carecen de real profundidad, son arquetipos provistos de cierta intimidad y dimensiones suficientes.

Es la exhibición de toda su experiencia y cristalina comprensión del poder de la imagen. Cada encuadre está repleto de detalles y en completa sincronía en sus movimientos, espacios y tiempos; presta igual atención a la duración de las tomas y a las posibilidades en las acciones y motivaciones de sus personajes, con buenas interpretaciones actorales vale agregar. Consigue transmitir el meollo de ciertas escenas mediante sutiles gestos entre las exageraciones y unos aparentes diálogos soporíferos, e histriónicos, cercanos al melodrama tradicional. Por esa claridad aborda de manera directa y efectiva los complejos trasfondos de los protagonistas y sus móviles difusos al confrontar dilemas éticos e internos. Tal vez se echa de menos una exploración más comprometida hacia las repercusiones psicológicas o emocionales de la venganza, a pesar de su convencional construcción y utilizar individuos tanto amorales como cándidos sin consideraciones.

Miike posee una facilidad pasmosa para cambiar aleatoriamente de tonos durante el progreso de sus metrajes; sin embargo, aquí se percibe más cuidado, minucioso, incluso elegante en la transición casi imperceptible de un matiz a otro y con intervalos dramáticos o cómicos que encajan apropiadamente. Es claramente la confirmación de su madurez como realizador, entregando un exceso refinado de inigualable energía. Perfectamente podría quedar entre mi selección personal junto a otros trabajos suyos, Visitor Q o Audition.

Detrás de la sangre a borbotones, la estética sucia pero bella, los códigos del manga en que se basa y del espectáculo en instantes apabullante, Miike escudriña una vez más y con mirada aguda el cambiante, ambivalente y endeble lienzo de la naturaleza humana; poniendo pinceladas a veces toscas, aunque con inadvertidas texturas del dolor y los anhelos inherentes de seres inmersos en su estrambótica nausea existencial. Sencillamente una mirada realmente honesta, franca, cruda y nada complaciente.

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