ADIÓS ENTUSIAMO: DE VISITA EN CASA AJENA

Adiós Entusiasmo, del cineasta colombiano Vladimir Durán, recibió en el 2017 el premio a Mejor Película Colombiana y Mejor Director en el FICCI. ¿Qué mérito puede tener esta historia sobre una familia desencantada y algo esquizofrénica?

No hay que ser agudos observadores para encontrar un sinnúmero de historias en el interior de una casa ajena, cuando a ella llegamos de visita. El entorno, la disposición del azar de las cosas y su voz son un libro abierto, un trazado de mensajes y de secretos dejados por ahí que nos hablan de sus habitantes, cuyo ser y parecer se forma ante nuestros ojos a través de su relación con ellos mismos, sus espacios y sus objetos. Una manera de recrear tal situación es sentándonos a ver la película colombo-argentina Adiós entusiasmo, de Vladimir Durán, una historia que extiende en frente de nosotros la urdimbre intrincada, amarga y, al mismo tiempo, encantadora de una familia argentina que vive con desdén su inamovible presente.

Una madre, encerrada en una habitación, se comunica con su familia, un niño en su pubertad y sus tres hermanas mayores, a través de la claraboya de un baño. Todos giran en torno a esta mujer, que desde su encierro controla las voluntades de los demás con sus recriminaciones, sus consejos, su nostalgia, su amor. Otros visitantes van haciendo presencia en la casa para homenajear a la madre en su cumpleaños, sumándole historias y tensiones a un argumento que se devana a lo largo de la sensible relación entre sus personajes.

Adiós Entusiasmo

Los espectadores somos arrojados a ese escenario caótico y fungimos de visitantes entrometidos que todo lo miran; nos vemos incluso representados en uno de los personajes (encarnado por el mismo Vladimir Durán), un desubicado colombiano que, enamorado de una de las mujeres, se filtra en la casa y se convierte en un testigo casi invisible, no solo de los acontecimientos, sino de los sentimientos que emanan los miembros de la familia.

Así, con la ayuda de este personaje, más una cámara vertiginosa que repasa los espacios y los objetos, y que se posa en los rostros de los habitantes de la casa con extensas tomas, nos vamos adueñando de la historia, igual a un visitante que sin querer se forma ideas de un hogar con solo escuchar un diálogo distante, ver de lejos las fotografías familiares o contemplar la decoración.

Adiós Entusiasmo

Descubrimos entonces la inusual sensibilidad artística de la familia, que acaso sea la causante de hacer más agudo su desencanto, su desencanto por nada en particular o quizá por un pasado que se ha deformado y ha dejado sus ruinas esparcidas en todo el hogar. 

Los visitantes adivinamos además la esquizofrenia que los abruma y que contagia nuestra observación; percibimos entonces, verbigracia, repentinas manifestaciones de amor o tímidas y algo esperanzadoras sonrisas que se diluyen de nuevo en su desencanto, en ese constante e inocultable conflicto propio y colectivo, sumado a ese impulso de mantenerse en pie para entre todos sostenerse.

Adiós Entusiasmo

Gracias también a la esmerada construcción de los personajes, más unos diálogos poéticos y acordes con la personalidad de cada uno de ellos, vamos recogiendo las boronas de su ser, casi que podemos descifrarlos o figurarnos su esencia, como si los viéramos a contraluz, y al mismo tiempo encaminan nuestra atención hacia el centro de su gravedad: la madre y su misterioso encierro. Va brotando entonces, desde el corazón del hogar, el móvil de la vida de los habitantes de la casa y, por ende, de la misma historia: un personaje sin rostro, que solo con su voz transforma y trastorna a su familia, a los visitantes, a los espacios y a nosotros mismos, como espectadores.

Tal vez en ese hecho, en ese personaje sin rostro, sin más presencia física que la de su voz, y la de adivinar su cuerpo oculto detrás de una puerta, detrás de las paredes del baño, pidiendo cobijas para calmar el frío, aconsejando a sus hijas con un tono a la vez amenazante y maternal, anegando su casa con el caudal de sus palabras, es donde reside el mérito del realizador, porque logra que tanto los espectadores como los miembros de la familia volquemos nuestra atención y acaso nuestro rencor hacia esa mujer, y al mismo tiempo nos impone la curiosidad de querer saber el porqué está allí encerrada; contemplamos entonces con mayor avidez y sospecha las imágenes para obtener pistas que nos den la respuesta. ¿Estará enferma?, ¿estará loca?, ¿será aquel un cautiverio autoimpuesto?, ¿serán sus hijos los perpetradores?, nos preguntamos nosotros, los entrometidos visitantes.

Adiós Entusiasmo

Sin embargo, el niño también se impone en la historia, a través de una rebeldía silenciosa. Su desencanto es apenas un contagio, su corta edad no le permite entender la nostalgia de un pasado perdido. Apenas hay en él una añoranza, que vuela con su inteligencia, con la misma sensibilidad artística de su familia y con su afición por la infinitud del universo. Es él quizá el símbolo de la esperanza, de rescatar el entusiasmo perdido, de escapar o acaso de regresar a un ayer mejor, de retornar a la tibieza del útero.

De ese modo, Vladimir Durán involucra de forma efectiva al espectador en su historia, con recursos narrativos que nos hace olvidarnos de nuestro entorno inmediato para ubicarnos de manera gradual en aquella caótica escenografía tan conocida para muchos, porque la obra no solo nos hace sentir como los visitantes incómodos, sino que también nos trae a la memoria los momentos en que, en la realidad, hemos desempeñado el rol de la desencantada familia.

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